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martes, 26 de julio de 2016

CREAR O MORIR LIBRO pdf y AUDIO LIBRO


Prólogo
Cuando murió Steve Jobs, el fundador de Apple, escribí una columna que me ha dejado pensando hasta
el día de hoy. En ese artículo me planteaba una serie de preguntas que deberían estar en el centro de la
agenda política de nuestros países: ¿por qué no surge un Steve Jobs en México, Argentina, Colombia, o
cualquier otro país de América Latina, o en España, donde hay gente tanto o más talentosa que el
fundador de Apple? ¿Qué es lo que hace que Jobs haya triunfado en Estados Unidos, al igual que Bill
Gates, el fundador de Microsoft; Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, y tantos otros, y miles de
talentos de otras partes del mundo no puedan hacerlo en sus países?
Se trata de una pregunta fundamental, que debería estar en el centro del análisis político de nuestros
países, porque estamos viviendo en la economía global del conocimiento, en que las naciones que más
crecen —y que más reducen la pobreza— son las que producen innovaciones tecnológicas. Hoy en día,
la prosperidad de los países depende cada vez menos de sus recursos naturales y cada vez más de sus
sistemas educativos, sus científicos y sus innovadores. Los países más exitosos no son los que tienen
más petróleo, o más reservas de agua, o más cobre o soja, sino los que desarrollan las mejores mentes y
exportan productos con mayor valor agregado. Un programa de computación exitoso, o un nuevo
medicamento, o un diseño de ropa novedoso valen más que toneladas de materias primas.
No es casualidad que al momento de escribir estas líneas, una empresa como Apple valga 20% más
que todo el producto bruto de Argentina, y más del doble del producto bruto de Venezuela. Y no es
casualidad que muchos de los países más ricos del mundo en ingreso per cápita sean naciones como
Luxemburgo o Singapur, que no tienen recursos naturales —en el caso del segundo, como pude
observar en un viaje reciente, se trata de una nación que tiene que importar hasta el agua— mientras que
en países petroleros y ricos en recursos naturales como Venezuela o Nigeria prevalecen niveles de
pobreza obscenos.
La gran pregunta, entonces, es cómo hacer para que nuestros países puedan producir uno, o miles, de
Steve Jobs. En mis libros anteriores, especialmente en Basta de historias, señalé que la calidad de la
educación es la clave de la economía del conocimiento. Y esa premisa sigue siendo cierta. Tal como me
lo señaló el propio Gates en una entrevista, él jamás hubiera podido crear Microsoft y revolucionar el
mundo con las computadoras si no hubiera tenido una excelente educación en la escuela secundaria,
donde había una computadora de última generación que le despertó la curiosidad por el mundo de la
informática. Y, tal como lo señaló Gates en otra entrevista, años después, lejos de vanagloriarse de haber
dejado la escuela antes de tiempo, su deserción de la Universidad de Harvard fue algo que siempre
lamentó:




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